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lunes, 4 de agosto de 2025

 



LA EFICIENCIA DE LOS PRIVADOS

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

Esta mañana desperté con golpes de maza sobre la vereda debajo de mi balcón. «Otra vez sopa», pensé.

Una rápida ducha, me vestí, desayuné y bajé para ver de qué se trataba, temeroso de que fueron las de Edesur y cortaran la luz. No me equivoqué. Estaban cavando una franja en un tramo de una media cuadra. Le pregunté al hombre que trabajaba metido hasta la cintura en el hueco que había creado frente a la puerta de mi edificio, si iban a cortar la luz:

—Mañana —me respondió.

—Pero... —dije desorientado—, a fines del año pasado o a principios de este año, rompieron el mismo tramo, y también cortaron la luz por varias horas. En aquella oportunidad nos dijeron que estaban instalando nuevos cables para que no sufriéramos más cortes.

Una noticia bien recibida pues era algo que sucedía a repetición cada vez que subía mucho la temperatura.

—Ahora es para conectar los edificios a los nuevos cables —me explicó.

—No entiendo —dije—. ¿Y antes que hicieron?

—Colocaron los nuevos cables y los dejaron si conectar.

—¿No conectaron? —inquirí azorado.

—No, los dejaron sueltos.

Pero... taparon todo e incluso colocaron baldosas nuevas.

—Y, sí —fue la escueta respuesta. —Al menos así ustedes tienen más trabajo.

El hombre sonrió por toda respuesta antes de seguir cavando.

Volví a mi departamento pensando: «¡Qué eficientes son las empresas privadas!»

viernes, 2 de mayo de 2025

Adorable abuelito

 


ADORABLE ABUELITO

CRÓNICA DE BUENOS AIRES

 

El bar que suelo frecuentar para beber un buen expreso, es una fuente inagotable de personajes tan singulares que superan mis más locas fantasías.

En esta oportunidad se trata de un sujeto al que comencé a prestar atención a poco de escucharlo cuando mantenía una conversación telefónica. Sí, sí. Ya los imagino pensando: este tipo es un chusma que se sienta en un bar a tomar café como excusa para escuchar conversaciones ajenas. ¡Falso! ¡No prejuzguen! El caso es, o tengo un oído biónico (ridículo) o, en estos tiempos en que todo se comparte sin pudor alguno incluso hasta las más ocultas intimidades, las personas vociferan en sus conversaciones privadas, sean telefónicas o hablando cara a cara, como si tuviesen problemas auditivos.

En fin, como sea, se trataba de un hombre que rondaría entre los cincuenta y sesenta años (no soy bueno estimando edades, pero llegué a esta conclusión por lo que deduje de su charla). Era de contextura física corpulenta, anchas espaldas, tórax robusto; su brazo derecho (el único que alcanzaba a ver) fornido, vigoroso, estaba íntegramente cubierto por un tatuaje que se extendía desde la muñeca hasta perderse debajo de la manga corta de su remara negra. La cara cuadrada, con papada incipiente, lucía una expresión rubicunda. Tenía el pelo entrecano, muy corto, enhiesto como cerdas de un cepillo. Llevaba anteojos. Se diría un tipo que en su juventud podría haber formado parte de la troupe de Titanes en el ring.

Dije que me sentí atraído por su conversación telefónica, la cual, palabras más, palabras menos, paso a relatar. Le contaba a un amigo (eso supuse) que su nieto iba a un colegio cuyo nombre no recuerdo, y que cuando una nena lo empujó, él le pegó un cachetazo que la tiró al piso; no conforme con ello, enseguida se le arrojó encima y la mordió. Lo decía entre sonoras risotadas. Sí, no le alcanzó con tirarla al suelo, después la mordió, repitió riendo a carcajadas. Me gustó, continuó diciendo, la chica le hizo algo y él reaccionó; casi se la come. Más carcajadas. Me parece bien, la nena no debe ser muy inocente. Como abuelo estoy orgulloso de que no se la haya aguantado.

No pude evitarlo, le clavé la mirada en tanto pensaba: «Qué hijo de puta». El me miró. Fue una reacción impulsiva, en ese momento no consideré que si hubiese reaccionado ante mi evidente hostilidad podría haberme pasado por arriba como un tractor, pero, para mi suerte, desvió la mirada y siguió comiendo su sándwich tostado con un café cortado.

Sin duda voy a emplearlo como personaje en alguno de mis relatos.

sábado, 19 de abril de 2025

MIS ADORABLES ENEMIGOS



MIS ADORABLES ENEMIGOS

CRÓNICA DE BUENOS AIRES

 

 Era la mañana de un domingo de otoño: húmeda, negros nubarrones cargaban el cielo, sin embargo, la temperatura era agradable. Me senté a una mesa en la vereda, debajo del toldo que se desplegaba en la ochava de un bar que suelo frecuentar porque preparan el café como me gusta. Estaba solo, nadie ocupaba el resto de las mesas dispuestas en el lugar. La calle estaba vacía; un que otro transeúnte o algún vehículo pasaban de tanto. El silencio reinante era acogedor. Me dispuse, entonces, a corregir el primer borrador de un cuento que había terminado hacía ya varios días. Así pues, me aboqué a la tarea, en tanto, sorbo a sorbo, saboreaba mi dosis de cafeína. De repente, un golpe en el respaldar de la silla que repercutió en mi espalda, me arrancó del mundo de fantasía en el que me había sumido. Molesto, me volví hacia atrás con vehemencia revelando mi fastidio. Una mujer que rondaría los cincuenta años, entrada en carnes y rostro de facciones duras había desplazado una silla para hacerse espacio y sentarse a una mesa situada precisamente detrás de la mía, donde otra mujer, de contextura y facciones similares a la primera, ya ocupaba el lado opuesto. ‘Disculpe’, me dijo a regañadientes, al menos así me sonó; yo asentí con un desdeñoso movimiento de cabeza.

jueves, 19 de diciembre de 2024

¡SACRILEGIO!

 



¡SACRILEGIO!

Era jueves cerca del mediodía. Me dirigía al centro en subterráneo. Debo decir que soy un fanático de este medio de transporte; es mi primera, y, dentro de lo posible, mi exclusiva opción para trasladarme por de la Ciudad. El escenario era el de costumbre: hombres y mujeres de todas las edades, todas las apariencias, todas las ocupaciones, sumidos en las pantallas de sus celulares: ese apéndice que el género humano adoptó como parte de su mente. Estaban los que tipeaban incansablemente con los pulgares (se diría que habían egresado de una moderna escuela Pitman), o los que recorrían pantallas, en una loca carrera vaya uno a saber contra qué o quién; varios ocupaban sus orejas con auriculares cableados al aparato y un par lucían esos coquetos accesorios bluetooth, otro dormitaba.

Así transcurría el viaje en la más absoluta calma, hasta que de pronto la vi. Era una mujer joven, sentada, leyendo un libro bastante voluminoso. ¡Sacrílega! ¡Apóstata! ¿Cómo se atrevía a exhibir con absoluto desparpajo ese objeto de papel con textos interminables, y no pocas veces irreverentes, nihilistas o provocadores? En otros tiempos hubiese sido una segura candidata a la hoguera.

lunes, 18 de noviembre de 2024

UNA LZ EN LA OSCURIDAD, BAJO LA LLUVIA

 



UNA LUZ EN LA OSCURIDAD, BAJO LA LLUVIA

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

Ocho de la noche, o algo así. Mis ojos estaban secos y cansados por las horas ante el la pantalla de la computadora; ni hablar del estado de mis neuronas. Tenía hambre. Era temprano para cenar y había agotado todas las menudencias con las que suelo engañar el estómago, entonces decidí salir a dar una vuelta; estirar las piernas y calmar la ansiedad. Había oscurecido, las calles estaban mojadas por una pertinaz llovizna que comenzó a tempranas horas de la mañana; típico de un otoño que se precie. De todos modos no me acobardé: me gusta caminar bajo a lluvia.

Sobre la misma vereda, a unos metros del edificio en el que habito, hay un minimercado perteneciente a una de las cadenas conocidas. Es un local pequeño, casi siempre mal abastecido: una franquicia, dicen en el barrio. A un lado de la puerta, un joven de unos veintipico de años estaba sentado sobre las baldosas bajo el balcón de un edificio lindante que lo protegía de la lluvia. Cuando pasé a su lado me dice

—¿Me compra un paquete de fideos?

jueves, 14 de noviembre de 2024

EL CAMINANTE

 


EL CAMINANTE

CRÓNICA DE BUENOS AIRES


Es un hombre negro. Sí, sí, soy consciente de que lo políticamente correcto hubiese sido escribir: ‘es un hombre afro descendiente’, o algún otro eufemismo para describir el color de su piel, pero de ese modo no podría dar una idea acabada del tono de la misma. Existe una amplia gama de tonalidades oscuras de piel, que varían según el origen o cruzas interraciales (recuerdo las palabras de un cronista estadounidense en una columna sobre la elección de Obama como presidente: “Los americanos gustan de las personas de piel oscura como del café: con crema”). Y el hombre al que me refiero tiene la piel oscura, intensamente oscura.  Tiene una edad incierta; es delgado, alto, muy alto, más que las personas altas que solemos ver en las calles, con largas extremidades (brazos y piernas), grandes manos y contextura vigorosa.


Apareció en el parque, donde realizo mi caminata diaria, hace ya largos años. Depositaba algunos bultos, sin duda conteniendo sus pertenencias,  sobre un banco lindero a un cantero, en cuyo interior caminaba sin cesar. Vestía siempre las mismas prendas oscuras, durante el invierno y el verano, que sigue luciendo en la actualidad. Un día desapareció, él y sus bultos, y no volví a verlo durante un tiempo. Supuse que lo echaron los guardaparques o la policía. Días más tarde, lo encontré a mitad de cuadra, en la calle que desembocaba justo a la entrada del parque. Estaba sentado en el umbral de una casa baja, aprisionada entre dos edificios, en la cual nunca vi a nadie entrar o salir, desde que vivo en el barrio. Frente a él, contra un árbol, había amontonado más bultos que los que tenía en el parque: un par de grandes valijas de viaje, algún bolso de mano y varias bolsas negras, de las empleadas para residuos. Allí estuvo durante todo el invierno, sentado sobre unos cartones que había dispuesto en el escalón para mitigar el frío del mármol; cubría sus hombros con una tela gruesa que parecía ser un trozo de alfombra, y sus piernas, con una manta doblada en cuatro. Permanecía todo el día inmóvil, impertérrito, con la mirada perdida en vaya uno a saber que remotos pensamientos. Nadie le habla, y el no habla con nadie.


Pasó el invierno. Hacia fines de septiembre regresaba de mi caminata matutina cuando advertí ante la casa, que suponía abandonada, a dos mujeres de mediana edad, muy bien vestidas, introduciendo una llave en la cerradura de la puerta con la clara intención de abrirla. Él estaba de pie, a un costado. No me detuve a mirar el resultado de la situación. Pero el caso fue que, al día siguiente, él se mudó a la vereda de enfrente, ocupando otro umbral, y los bultos contra otro árbol en esa nueva acera. Sin embargo, después de unos días de haberse afincado en el lugar, desapareció nuevamente. «Seguro volvieron a correrlo», pensé.


Hace poco más de un mes reapareció a la vuelta de donde solía parar, aunque ya no sentado en la entrada de una casa o un edificio. Amontonó sus bultos contra una columna de alumbrado, y él va y viene desde la esquina hasta mitad de cuadra, erguido, con paso largo, moroso, balanceando sus brazos acompasadamente. Luce ahora, además de las prendas de siempre, un casquete de tela, también negro. Lo veo en su incansable peregrinar desde la mañana hasta caída la noche; cuando salgo, cuando regreso o desde el ventanal de casa, cuando estoy en el sillón de la sala leyendo o escuchando música. Ya de noche, al bajar la cortina de madera del ventanal, desconozco cuánto más prolonga ese constante deambular. Pero estoy convencido de que mañana, cuando levante el telón, nuevamente veré la escena de una sombra solitaria errando por la calle sin cesar.

 

Noviembre, 2024


lunes, 11 de noviembre de 2024

CRÓNICA DE UN DÍA DESAPACIBLE



CRÓNICA DE UN DÍA DESAPACIBLE

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

Era un domingo de julio. El Servicio Meteorológico informaba: ocho grados de temperatura y noventa por ciento de humedad.

Sentado en el sillón del living, leyendo una novela, podía ver como una brisa leve, que adivinaba gélida, mecía las ramas del árbol plantado en la vereda que invadían mi balcón. Las hojas, al igual que la calle, empapadas por la pertinaz llovizna que caía desde tempranas horas de la mañana, despedían un brillo tornasolado. Era una garúa finita, apenas perceptible, pero que, sin importar las prendas con que uno se cubra, termina por calar hasta los huesos. En eso, sonó el timbre del portero eléctrico. Atendí. «¿Tiene ropa para dar?». Era la voz de una mujer. No me sorprendió el pedido pues, a diario, hombres o mujeres recorren el barrio demandando ropa en desuso, las cuales lavan y restauran, luego las destinan para sus propios usos y el de sus familias, o bien las comercializan en las ferias americanas de la capital y el conurbano. «¿Recorrer las calles en un día tan desapacible?», fue lo primero que vino a mi mente al escucharla, y lamente no tener nada para entregarle. Volví al sillón del living dispuesto a retomar la lectura, sin embargo, incitado por el ánimo de chusmear, salí al balcón y me asomé sobre la baranda. ¡Vaya si hacía frío! Alcancé a verla: era una mujer retacona, aunque de contextura recia; la cabellera negra, chorreando agua, caía pesada sobre los hombros y la espalda, empapando la campera marrón que vestía; con una de sus manos llevaba a la rastra un ’changuito’, con la otra sujetaba un bolso negro; a su lado le seguía el paso una pequeña que no tendría más de unos siete años, oculta dentro de una holgada campera roja con capucha. Las acompañé con la mirada hasta que desaparecieron bajo la marquesina de un edificio vecino, sin duda, para reiterar su pedido a los moradores de otros departamentos: «¿Tiene ropa para dar?». Hay quienes les llaman ‘planeras’.

 

Norberto Diskin

lunes, 16 de septiembre de 2024

Una cuestión moral

 



Aún cuando los actos de los hombres pueden estar provocados por diversos motivos: políticos, culturales, comerciales, religiosos, tradición, costumbres, entre tantos otros, poseen una cualidad común: su calidad moral[1]. Claro que en estos tiempos posmodernos de un individualismo insensible, se podría afirmar, sin temor a equivocarnos, que la moral ha pasado de moda.

Sin embargo, asistimos a situaciones sobre las cuales no cabe otro calificativo que inmorales. Así, es inmoral no socorrer a los desposeídos y marginados mientras se otorgan prebendas a los poderosos; es inmoral someter a las fuerzas del mercado el acceso a medicamentos de quienes padecen enfermedades graves o terminales; es inmoral almacenar millones de toneladas de alimentos, muchos de ellos próximos a vencer, y no se los distribuye entre los más necesitados, particularmente niños; es inmoral que más de un millón de niños se van dormir sin cenar[2], y no adoptar medidas para paliar esta situación; es inmoral...

 Hubo tiempos en que medidas de tal tenor eran revestidas de una retórica complaciente, fecunda en excusas, o directamente se las ocultaba; hoy, se las expone con total desparpajo e impudicia, incluso con orgullo por los resultados, considerados un mérito de la gestión. Si a ello le sumamos una sociedad sobreadaptada[3], pues bien..., bienvenidos a la tierra de los inmorales.

 



[1] Según la RAE: Perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva. También: Conforme con las normas que una persona tiene del bien y del mal.

[2] Encuesta de UNICEF

[3] Sobreadaptació RAE: Dicho de una persona: Acomodarse, avenirse a diversas circunstancias, condiciones, etc. [aún cuando esas condiciones lo perjudiquen]

domingo, 28 de mayo de 2023

¿SENSIBILIDAD O HIPOCRESÍA?


 

 

 ¿SENSIBILIDAD O HIPOCRESÍA?

Décadas atrás, carros tirados por caballos transportando distintos tipos de carga, formaban parte del escenario cotidiano en la Ciudad de Buenos Aires.

Después de cuantiosas campañas llevadas a cabo por organizaciones no gubernamentales en contra del maltrato animal, se prohibió la tracción a sangre en los principales centros urbanos del país, entre ellos, obviamente, CABA.

Aquel escenario, intrascendente para los habitantes de la época, hoy generaría el repudio airado, cuando no reacciones violentas, por parte de la burguesía citadina.

A primera vista, esta actitud podría interpretarse como la expresión de una sociedad sensible, cuyos valores humanitarios han prevalecido sobre una práctica, otrora considerada natural, en la que el ser humano se erige como la especie dominante por sobre todas las demás que habitan el planeta. Una sociedad que, ahora, podría proclamar con orgullo: «¡hemos evolucionado para mejor!».

Pero... ¿es realmente así? Permítanme no suscribir tan a la ligera esta afirmación. Se dice que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Y es que, ¿realmente somos mejores? ¿Mejores que quién? ¿Mejores que nuestros antecesores, porque ellos, seres desalmados, se valían del caballo para impulsar sus carros, aún cuando los vehículos motorizados ya colmaban nuestras calles? ¿Eran, por ello, peores personas que las que las del presente?

jueves, 26 de enero de 2023

Tutorial para gustar de un helado


TUTORIAL PARA GUSTAR DE UN HELADO

 

«Vaya estupidez —pensarán muchos con solo leer el título—. Desde que tengo uso de la razón como helados, y este tipo pretende instruirme cómo hacerlo. Uno más que quiere hacerse famoso escribiendo en la Web».

Entiendo y acepto la crítica, yo tampoco me detendría a leer consejos sobre cómo comer una porción de pizza o una milanesa, así pues, siéntase libres de abandonar la lectura en este punto.

Pero antes de que tomen una decisión apresurada, me permito sugerirles que consideren la alternativa de distraer solo unos pocos minutos para incursionar en el tortuoso terreno al que ingresamos desde el mismo instante en que nos decidimos a comprar un helado. Y no exagero, ese simple acto nos somete a un cúmulo de conflictos físicos y emocionales, sobre los cuales no tomamos consciencia porque, siéndonos tan familiares, los abordamos de un modo irreflexivo, como veremos a lo largo de estas líneas.

Una consideración previa. El presente tutorial está destinado exclusivamente a quienes consuman helados servidos en cucurucho. Los fieles a los recipientes de telgopor, las tulipas de barquillo ondulado o los vasos en general, no encontrarán nada útil en el texto.

 Vayamos entonces a lo nuestro.

domingo, 1 de enero de 2023

Érase una vez El Bajo

 

 


  

ÉRASE UNA VEZ EL BAJO

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

Es esta la historia de un acontecimiento en una ciudad que ya no existe.

El Bajo era el apodo que los habitantes de Buenos Aires adjudicaban a la extensa franja paralela a las aguas del Río de la Plata, que se extiende desde Retiro hasta La Boca, de tan solo dos cuadros de ancho donde las calles describen una pronunciada pendiente hasta desembocar en el puerto de la Ciudad.

En la actualidad, el tramo norte de dicha franja ostenta el nombre de Catalinas Norte, denominación que le otorga un atributo de respetabilidad mucho más apropiado con las actividades que allí se realizan.

En efecto, debido a su cercanía con la City porteña, hacia fines de los 60’s, del siglo pasado —maravilloso, la idea de siglo pasado remite a épocas remotas, y, sin embargo, podemos hablar de experiencias vividas a mediados de dicho periodo—, se inició un proceso de urbanización con la construcción de edificios de oficinas, tendencia que cobró vigor particularmente durante los años 90. Hoy dominan allí edificios y torres de fachadas vidriadas en los cuales sentaron sus reales las casas matrices de muchas de las principales compañías del país. Pueblan sus calles autos de lujosas marcas, junto a hombres y mujeres luciendo atuendos propios del mundillo corporativo.

Pero no siempre fue así.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

El muro de silencio

 



EL MURO DE SILENCIO

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

 

Sucedió en un bar del barrio de Palermo entre las once y once y treinta de la mañana. Una pareja joven, de unos treinta años, tal vez menos, ingresa al local y ocupa una mesa junto al ventanal que da a la calle. Esperan en silencio que los atiendan. Al cabo de varios minutos, durante los cuales no intercambian palabra alguna, se les acerca una moza y les entrega sendos menús. Realizan sus respectivos pedidos. Tampoco hablan entre sí mientras esperan el servicio.

miércoles, 20 de julio de 2022

EL PRECIO DEL AMOR

 


EL PRECIO DEL AMOR

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

En principio quisiera despejar falsas expectativas; el apunte no trata sobre el costo que demanda recurrir a una prostituta, sino a uno de los tantos gastos que debe afrontar un varón para mantener relaciones sexuales o hacer el amor (eufemismos[1] que se suelen emplear para referirse a coger, fifar, follar, echarse un polvo, etcétera) con su pareja: novia/novio, esposa/esposo, amiga/amigo con derechos o una simpatía circunstancial. Como sea, llámenlo como quieran. ¿Por qué será que todo lo referido al sexo se reviste con términos ‘supuestamente correctos’?

viernes, 24 de junio de 2022

¡Ciudado con el censo!

 


¡CUIDADO CON EL CENSO!

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

El censo pasó y cayó en el olvido, soy consciente de ello, pero este apunte no trata sobre el censo en sí, sino sobre un acontecimiento que tuve la oportunidad de presenciar a raíz de dicho trámite.

El censista se presentó pasado el mediodía. Le entregué el comprobante que recibí después de haber completado el formulario digital, respondí la pregunta que me formuló, y en no más de un par de minutos quedé libre. Ya no tenía que estar pendiente del timbre y podía disponer del resto del día a mi antojo. Así pues, volví a mi departamento, recogí unos papeles, envié un mensaje por whatsApp y salí nuevamente a la calle. Tenía una reunión pactada, y había acordado con la persona en cuestión que el primero que terminara con el censo se trasladaría a la vivienda del otro.

lunes, 2 de mayo de 2022

¿QUÉ FUE DE LA PARÍS ARGENTINA?

 

 

 



¿QUÉ FUE DE LA PARÍS ARGENTINA?

 CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

En las mañanas, durante el desayuno, suelo hacer zapping entre distintos programas radiales de noticias. Son diversas las razones que me impulsana ello: a) no quiero quedarme con una sola versión de los hechos; b) no soporto a los periodistas que más que comunicar y, si se quiere, comentar la noticia, se comportan como portavoces, ya no de una línea de pensamiento político o económico, sino de un sello partidario particular, e incluso de algún potencial candidato que disputa una interna en ese mismo espacio político. No necesito que me adoctrinen, bien o mal puedo arribar a mis propias conclusiones sobre un suceso; y c) me aburren las tandas publicitarias. Pero, por lo general, debido a distintas razones que no vienen al caso, son éstas las que aprovecho para cambiar de sintonía.

Claro que hay mejores formas de comenzar el día, pero tampoco es cuestión de pretender ganar el paraíso sin sacrificio alguno.

domingo, 24 de enero de 2021

Emprendimiento

 


EMPRENDIMIENTO 

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

 

 

La vi por primera vez hace ya largos años.

Era una mujer de edad dudosa; tanto daba afirmar que cursaba los treinta como los cincuenta. Alta, flaca, sin garbo alguno, su pelo negro y corto, peinado hacia atrás, lucía opaco y descuidado. El rostro afilado, con las mejillas hundidas y pómulos salientes, era como una máscara que no expresaba emoción alguna. Sus labios, fuertemente apretados, dibujaban una fina línea casi imperceptible, y dos profundos surcos se deslizaban desde las aletas nasales hasta la comisura de la boca, como si hubiesen sido tallados sobre la piel curtida de un tono terroso. Sólo sus ojos delataban alguna emoción: negros, de mirada intensa, desafiantes, saltaban en sus órbitas de un lado a otro, atentos a cuánto sucedía en su derredor, como un ave de rapiña rastreando una presa. Enfundada en un abrigo marrón arratonado, largo hasta casi los tobillos, parecía una figura de terracota que había cobrado vida. Así y todo, su presencia irradiaba una cierta dignidad

miércoles, 23 de septiembre de 2020

LIBROS QUE ALIMENTAN

 


LIBROS QUE ALIMENTAN

 

Durante años mantuve la diaria rutina de caminar por el parque Rivadavia. No eran caminatas livianas, como quién pasea mirando vidrieras; era una actividad que encaraba con seriedad. Temprano, en la mañana, vestía los pantalones de jogging en invierno, shorts, en verano, una simple remera o abrigado con un grueso buzo, según lo ameritara el clima y zapatillas deportivas. Ya en el parque, transitaba entre los canteros esforzándome por sostener un paso acelerado todo el tiempo.

Pero llegó el Covid y con él, las restricciones sobre las actividades, la circulación y las reuniones, en suma, confinamiento, como único recurso para minimizar las probabilidades de contagio y expansión de la enfermedad hasta tanto se desarrolle la vacuna o, al menos, un remedio efectivo para su cura, Así pues, suplí esos recorridos matinales por entrenamiento puertas adentro. Se trata de una serie de rutinas cardio que aprendí siguiendo los excelentes videos (cinco millones de suscriptores avalan mi opinión) publicados por un instructor colombiano en su canal de Youtube.

Entreno en el balcón, con vista a la calle. Al otro lado de la calzada el Gobierno de la Ciudad colocó, como si fuese un automóvil estacionado, una de esas campanas color verde dónde los vecinos y encargados de edificios deben (o deberían) disponer la basura reciclable.

A diario llegan hasta el contenedor los ahora denominados recuperadores urbanos (conocidos a partir del 2001 como cartoneros y actualmente agrupados en cooperativas), remolcando sus carros en los que portan inmensos bolsones color arena donde acumulan los papeles, cajas de cartón, envases plásticos o cualquier otro material que luego les son comprados por las empresas recicladoras de residuos.

Ocurrió hace un par de semanas. Eran un hombre y una mujer. Jóvenes ambos. Él tiraba del carro, ella caminaba al costado, del lado del tránsito. Ya junto a la campana, el hombre introdujo la cabeza por la boca con forma de T abombada, similar a una pieza de rompecabezas, y al cabo de unos pocos segundos extrajo, con cierto esfuerzo, una bolsa blanca, bastante voluminosa. Hasta ese momento nada fuera de lo normal. Depositó la bolsa en el suelo, la abrió y sacó un libro. Sin detenerse a examinarlo, le arrancó las tapas y las acomodó en un extremo del costal, acto seguido se aplicó en desprender todas las hojas, de a fajos, que fue acondicionando en otro lugar del bolsón, separadas de las primeras. Detuve mis ejercicios para observarlo. Obró de igual modo con otro libro, y así libro tras libro hasta vaciar la bolsa. Creo haber contado algo más de una decena de volúmenes. En tanto, su esposa o pareja, es lo que supuse, lo contemplaba con aire indiferente. Cumplida la tarea se marcharon.

Mientras se alejaban, él arrastrando el carro, ella detrás, los seguí con la vista hasta que desaparecieron devorados por las moles de cemento del barrio.

Volví a mi rutina, mientras pensaba: nunca un mejor destino para un libro que el de proporcionar comida a una familia, al menos por un día.


lunes, 10 de agosto de 2020

UN CAFE DE MIERDA

 


UN CAFÉ DE MIERDA

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

Sucedió en agosto del 2019. Era una tarde soleada de invierno. Iba por la avenida Callao, hacia Rivadavia, dispuesto a tomar el subterráneo de la línea A. Una brisa suave del sur acariciaba las calles de la ciudad, y tal vez por eso la atmósfera se apreciaba más límpida y liviana que de costumbre. El sol, un disco, apenas teñido de anaranjado pálido, contrastaba con el celeste intenso del cielo sin una sola nube. A la sombra, el frío se hacía sentir en manos y rostro, pero bajo los rayos del sol se experimentaba una sensación de amable calidez.

Un par de cuadras antes de llegar al edificio del Congreso me topé con el local de una cadena de cafeterías, a cuyo frente, en la vereda soleada, había dos mesas libres.