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jueves, 19 de diciembre de 2024

¡SACRILEGIO!

 



¡SACRILEGIO!

Era jueves cerca del mediodía. Me dirigía al centro en subterráneo. Debo decir que soy un fanático de este medio de transporte; es mi primera, y, dentro de lo posible, mi exclusiva opción para trasladarme por de la Ciudad. El escenario era el de costumbre: hombres y mujeres de todas las edades, todas las apariencias, todas las ocupaciones, sumidos en las pantallas de sus celulares: ese apéndice que el género humano adoptó como parte de su mente. Estaban los que tipeaban incansablemente con los pulgares (se diría que habían egresado de una moderna escuela Pitman), o los que recorrían pantallas, en una loca carrera vaya uno a saber contra qué o quién; varios ocupaban sus orejas con auriculares cableados al aparato y un par lucían esos coquetos accesorios bluetooth, otro dormitaba.

Así transcurría el viaje en la más absoluta calma, hasta que de pronto la vi. Era una mujer joven, sentada, leyendo un libro bastante voluminoso. ¡Sacrílega! ¡Apóstata! ¿Cómo se atrevía a exhibir con absoluto desparpajo ese objeto de papel con textos interminables, y no pocas veces irreverentes, nihilistas o provocadores? En otros tiempos hubiese sido una segura candidata a la hoguera.

domingo, 14 de mayo de 2023





Un lujo de escritura e ironía en este texto extraído de la novela Casa Desolada de Charles Dickens. 

"El señor Vholes [abogado] es un hombre muy respetable. No tiene mucho trabajo, pero es un hombre muy respetable. Los abogados más importantes, que han hecho grandes fortunas o están a punto de hacerlas, reconocen que es un hombre respetabilísimo. En su trabajo nunca pierde una oportunidad, lo cual es seña de respetabilidad. Es reservado y serio, lo cual es otra seña de respetabilidad. Tiene problemas digestivos, lo cual es muy respetable.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

LIBROS QUE ALIMENTAN

 


LIBROS QUE ALIMENTAN

 

Durante años mantuve la diaria rutina de caminar por el parque Rivadavia. No eran caminatas livianas, como quién pasea mirando vidrieras; era una actividad que encaraba con seriedad. Temprano, en la mañana, vestía los pantalones de jogging en invierno, shorts, en verano, una simple remera o abrigado con un grueso buzo, según lo ameritara el clima y zapatillas deportivas. Ya en el parque, transitaba entre los canteros esforzándome por sostener un paso acelerado todo el tiempo.

Pero llegó el Covid y con él, las restricciones sobre las actividades, la circulación y las reuniones, en suma, confinamiento, como único recurso para minimizar las probabilidades de contagio y expansión de la enfermedad hasta tanto se desarrolle la vacuna o, al menos, un remedio efectivo para su cura, Así pues, suplí esos recorridos matinales por entrenamiento puertas adentro. Se trata de una serie de rutinas cardio que aprendí siguiendo los excelentes videos (cinco millones de suscriptores avalan mi opinión) publicados por un instructor colombiano en su canal de Youtube.

Entreno en el balcón, con vista a la calle. Al otro lado de la calzada el Gobierno de la Ciudad colocó, como si fuese un automóvil estacionado, una de esas campanas color verde dónde los vecinos y encargados de edificios deben (o deberían) disponer la basura reciclable.

A diario llegan hasta el contenedor los ahora denominados recuperadores urbanos (conocidos a partir del 2001 como cartoneros y actualmente agrupados en cooperativas), remolcando sus carros en los que portan inmensos bolsones color arena donde acumulan los papeles, cajas de cartón, envases plásticos o cualquier otro material que luego les son comprados por las empresas recicladoras de residuos.

Ocurrió hace un par de semanas. Eran un hombre y una mujer. Jóvenes ambos. Él tiraba del carro, ella caminaba al costado, del lado del tránsito. Ya junto a la campana, el hombre introdujo la cabeza por la boca con forma de T abombada, similar a una pieza de rompecabezas, y al cabo de unos pocos segundos extrajo, con cierto esfuerzo, una bolsa blanca, bastante voluminosa. Hasta ese momento nada fuera de lo normal. Depositó la bolsa en el suelo, la abrió y sacó un libro. Sin detenerse a examinarlo, le arrancó las tapas y las acomodó en un extremo del costal, acto seguido se aplicó en desprender todas las hojas, de a fajos, que fue acondicionando en otro lugar del bolsón, separadas de las primeras. Detuve mis ejercicios para observarlo. Obró de igual modo con otro libro, y así libro tras libro hasta vaciar la bolsa. Creo haber contado algo más de una decena de volúmenes. En tanto, su esposa o pareja, es lo que supuse, lo contemplaba con aire indiferente. Cumplida la tarea se marcharon.

Mientras se alejaban, él arrastrando el carro, ella detrás, los seguí con la vista hasta que desaparecieron devorados por las moles de cemento del barrio.

Volví a mi rutina, mientras pensaba: nunca un mejor destino para un libro que el de proporcionar comida a una familia, al menos por un día.