UNA LUZ EN
LA OSCURIDAD, BAJO LA LLUVIA
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
Ocho de la noche, o algo así. Mis ojos
estaban secos y cansados por las horas ante el la pantalla de la computadora; ni
hablar del estado de mis neuronas. Tenía hambre. Era temprano para cenar y
había agotado todas las menudencias con las que suelo engañar el estómago, entonces
decidí salir a dar una vuelta; estirar las piernas y calmar la ansiedad. Había
oscurecido, las calles estaban mojadas por una pertinaz llovizna que comenzó a
tempranas horas de la mañana; típico de un otoño que se precie. De todos modos
no me acobardé: me gusta caminar bajo a lluvia.
Sobre la misma vereda, a unos metros del
edificio en el que habito, hay un minimercado perteneciente a una de las
cadenas conocidas. Es un local pequeño, casi siempre mal abastecido: una
franquicia, dicen en el barrio. A un lado de la puerta, un joven de unos
veintipico de años estaba sentado sobre las baldosas bajo el balcón de un
edificio lindante que lo protegía de la lluvia. Cuando pasé a su lado me dice
—¿Me compra un paquete de fideos?

