lunes, 18 de noviembre de 2024

UNA LZ EN LA OSCURIDAD, BAJO LA LLUVIA

 



UNA LUZ EN LA OSCURIDAD, BAJO LA LLUVIA

CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

 

Ocho de la noche, o algo así. Mis ojos estaban secos y cansados por las horas ante el la pantalla de la computadora; ni hablar del estado de mis neuronas. Tenía hambre. Era temprano para cenar y había agotado todas las menudencias con las que suelo engañar el estómago, entonces decidí salir a dar una vuelta; estirar las piernas y calmar la ansiedad. Había oscurecido, las calles estaban mojadas por una pertinaz llovizna que comenzó a tempranas horas de la mañana; típico de un otoño que se precie. De todos modos no me acobardé: me gusta caminar bajo a lluvia.

Sobre la misma vereda, a unos metros del edificio en el que habito, hay un minimercado perteneciente a una de las cadenas conocidas. Es un local pequeño, casi siempre mal abastecido: una franquicia, dicen en el barrio. A un lado de la puerta, un joven de unos veintipico de años estaba sentado sobre las baldosas bajo el balcón de un edificio lindante que lo protegía de la lluvia. Cuando pasé a su lado me dice

—¿Me compra un paquete de fideos?

Me detuve.

—¿Querés un paquete de fideos? —le pregunté.

—Sí —me respondió.

Entré al local, y minutos más tarde (tal como están las cosas ya no hay colas ante las cajas) le entregué un paquete de tallarines. Me agradeció estrechándome la mano calurosamente. Seguí mi camino hacia el parque distante a una cuadra. Como era de esperar, comprobé que estaba cerrado. Sí, cerrado. Desde hace ya varios años, las plazas y parques de la ciudad están rodeados por rejas de recios barrotes en hierro negro de unos dos metros de altura con portones, del mismo material, distribuidos en distintos puntos del perímetro para el acceso del público. Pues bien, los días de lluvia, por alguna razón que se me ocurre esotérica, cierran dichas puertas, así que me conformé con dar una vuelta a su alrededor por las calles exteriores. De regreso, advertí que una mujer le entregaba un paquete de fideos al mismo muchacho sentado en el mismo lugar.

—Vas a tener fideos para todo el mes —le dije sonriendo, cuando pasé a su lado.

—No. Es que tengo tres hijas —me replicó.

Detuve mi andar.

—¡¿Tres hijas?!

—Sí. Pero no crea, yo trabajo en una carbonera de Gonzalez Catán. Me pagan dos mil quinientos pesos por día, pero no me alcanza.

—¡Claro que no te va a alcanzar!. ¡Es una miseria! —dije, y viéndolo tan joven añadí—. Deberías cuidarte. Podés pedir forros en un hospital. No sé ahora, pero en una época los distribuían gratis...

—¡Nooo! —exclamó él—. Estamos buscando el varón. —Y al decir esto su rostro adquirió un fulgor inusitado. Fue maravilloso ver esa transformación espontánea; la sola expectativa sobre un hijo varón despertaba en él una alegría que lo desbordaba—. Si, ahora buscamos un varón —insistió.

Ya no tenía el tono plañidero como cuando solicitaba un paquete de fideos. Su voz, ahora, sonó entusiasta, apasionada; la sola expectativa de un hijo varón lo colmaba de una felicidad que lo desbordaba. Mi primera impresión fue de sorpresa, pero enseguida me sentí cautivado por ese joven. Sonreí, contagiado por la dicha y la confianza en el futuro que transmitía.

—Ojalá se cumpla tu deseo —le dije, y fui yo quien le tendió mano, que me estrechó con sincero regocijo.

Mientras me alejaba pensé, con el apresuramiento y la liviandad de un buen burgués citadino, que había en su actitud cierta aceptación pasiva, resignación mejor dicho, pero, a poco de reflexionar, comprendí. Se sabía abandonado a la buena de Dios por un sistema insensible, indiferente, y la pasividad de buena parte de las fuerzas vivas de una sociedad que mira obsesivamente su propio ombligo. Entonces recapacité: no era un resignado conformismo el del joven. ¿Acaso, qué podría hacer desamparado, y hasta diría rechazado por una sociedad inclinada al individualismo, la indiferencia y el egoísmo?  Él sabía, racional o instintivamente, que estaba solo, y su resistencia era la simple y maravillosa confianza en la ofrenda que le podía otorgar la naturaleza. Pero además, no estaba solo: no había dicho “estoy buscando un varón”, dijo “estamos”, animado por la comunión con su pareja. Y concluí que en esa actitud residía un instinto de trascendencia; el mismo instinto de perpetuación que animó a la humanidad desde que pisó el planeta, para sobreponerse a todo tipo de escollos y vicisitudes que la naturaleza y muchos de sus congéneres sembraron en su camino.

Las personas como las de esa familia son las que perpetuarán la permanencia del ser humano sobre la tierra por los siglos venideros.

Noviembre, 2024

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