UNA LUZ EN
LA OSCURIDAD, BAJO LA LLUVIA
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
Ocho de la noche, o algo así. Mis ojos
estaban secos y cansados por las horas ante el la pantalla de la computadora; ni
hablar del estado de mis neuronas. Tenía hambre. Era temprano para cenar y
había agotado todas las menudencias con las que suelo engañar el estómago, entonces
decidí salir a dar una vuelta; estirar las piernas y calmar la ansiedad. Había
oscurecido, las calles estaban mojadas por una pertinaz llovizna que comenzó a
tempranas horas de la mañana; típico de un otoño que se precie. De todos modos
no me acobardé: me gusta caminar bajo a lluvia.
Sobre la misma vereda, a unos metros del
edificio en el que habito, hay un minimercado perteneciente a una de las
cadenas conocidas. Es un local pequeño, casi siempre mal abastecido: una
franquicia, dicen en el barrio. A un lado de la puerta, un joven de unos
veintipico de años estaba sentado sobre las baldosas bajo el balcón de un
edificio lindante que lo protegía de la lluvia. Cuando pasé a su lado me dice
—¿Me compra un paquete de fideos?
Me detuve.
—¿Querés un paquete de fideos? —le
pregunté.
—Sí —me respondió.
Entré al local, y minutos más tarde (tal
como están las cosas ya no hay colas ante las cajas) le entregué un paquete de
tallarines. Me agradeció estrechándome la mano calurosamente. Seguí mi camino
hacia el parque distante a una cuadra. Como era de esperar, comprobé que estaba
cerrado. Sí, cerrado. Desde hace ya varios años, las plazas y parques de la
ciudad están rodeados por rejas de recios barrotes en hierro negro de unos dos
metros de altura con portones, del mismo material, distribuidos en distintos
puntos del perímetro para el acceso del público. Pues bien, los días de lluvia,
por alguna razón que se me ocurre esotérica, cierran dichas puertas, así que me
conformé con dar una vuelta a su alrededor por las calles exteriores. De
regreso, advertí que una mujer le entregaba un paquete de fideos al mismo
muchacho sentado en el mismo lugar.
—Vas a tener fideos para todo el mes —le
dije sonriendo, cuando pasé a su lado.
—No. Es que tengo tres hijas —me replicó.
Detuve mi andar.
—¡¿Tres hijas?!
—Sí. Pero no crea, yo trabajo en una
carbonera de Gonzalez Catán. Me pagan dos mil quinientos pesos por día, pero no
me alcanza.
—¡Claro que no te va a alcanzar!. ¡Es una
miseria! —dije, y viéndolo tan joven añadí—. Deberías cuidarte. Podés pedir forros en un hospital. No sé ahora, pero
en una época los distribuían gratis...
—¡Nooo! —exclamó él—. Estamos buscando el
varón. —Y al decir esto su rostro adquirió un fulgor inusitado. Fue maravilloso
ver esa transformación espontánea; la sola expectativa sobre un hijo varón despertaba
en él una alegría que lo desbordaba—. Si, ahora buscamos un varón —insistió.
Ya no tenía el tono plañidero como cuando
solicitaba un paquete de fideos. Su voz, ahora, sonó entusiasta, apasionada; la
sola expectativa de un hijo varón lo colmaba de una felicidad que lo desbordaba.
Mi primera impresión fue de sorpresa, pero enseguida me sentí cautivado por ese
joven. Sonreí, contagiado por la dicha y la confianza en el futuro que
transmitía.
—Ojalá se cumpla tu deseo —le dije, y fui
yo quien le tendió mano, que me estrechó con sincero regocijo.
Mientras me alejaba pensé, con el
apresuramiento y la liviandad de un buen burgués citadino, que había en su
actitud cierta aceptación pasiva, resignación mejor dicho, pero, a poco de reflexionar,
comprendí. Se sabía abandonado a la buena de Dios por un sistema insensible, indiferente,
y la pasividad de buena parte de las fuerzas vivas de una sociedad que mira
obsesivamente su propio ombligo. Entonces recapacité: no era un resignado
conformismo el del joven. ¿Acaso, qué podría hacer desamparado, y hasta diría
rechazado por una sociedad inclinada al individualismo, la indiferencia y el
egoísmo? Él sabía, racional o
instintivamente, que estaba solo, y su resistencia era la simple y maravillosa
confianza en la ofrenda que le podía otorgar la naturaleza. Pero además, no estaba
solo: no había dicho “estoy buscando un varón”, dijo “estamos”, animado por la
comunión con su pareja. Y concluí que en esa actitud residía un instinto de
trascendencia; el mismo instinto de perpetuación que animó a la humanidad desde
que pisó el planeta, para sobreponerse a todo tipo de escollos y vicisitudes
que la naturaleza y muchos de sus congéneres sembraron en su camino.
Las personas como las de esa familia son las que perpetuarán la permanencia del ser humano sobre la tierra por los siglos venideros.
Noviembre, 2024
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