MIS ADORABLES ENEMIGOS
CRÓNICA DE BUENOS AIRES
MIS ADORABLES ENEMIGOS
CRÓNICA DE BUENOS AIRES
Era jueves cerca del
Así transcurría el viaje en la más
absoluta calma, hasta que de pronto la vi. Era una mujer joven, sentada,
leyendo un libro bastante voluminoso. ¡Sacrílega! ¡Apóstata! ¿Cómo se atrevía a
exhibir con absoluto desparpajo ese objeto de papel con textos interminables, y
no pocas veces irreverentes, nihilistas o provocadores? En otros tiempos
hubiese sido una segura candidata a la hoguera.
UNA LUZ EN
LA OSCURIDAD, BAJO LA LLUVIA
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
Ocho de la noche, o algo así. Mis ojos
estaban secos y cansados por las horas ante el la pantalla de la computadora; ni
hablar del estado de mis neuronas. Tenía hambre. Era temprano para cenar y
había agotado todas las menudencias con las que suelo engañar el estómago, entonces
decidí salir a dar una vuelta; estirar las piernas y calmar la ansiedad. Había
oscurecido, las calles estaban mojadas por una pertinaz llovizna que comenzó a
tempranas horas de la mañana; típico de un otoño que se precie. De todos modos
no me acobardé: me gusta caminar bajo a lluvia.
Sobre la misma vereda, a unos metros del
edificio en el que habito, hay un minimercado perteneciente a una de las
cadenas conocidas. Es un local pequeño, casi siempre mal abastecido: una
franquicia, dicen en el barrio. A un lado de la puerta, un joven de unos
veintipico de años estaba sentado sobre las baldosas bajo el balcón de un
edificio lindante que lo protegía de la lluvia. Cuando pasé a su lado me dice
—¿Me compra un paquete de fideos?
EL CAMINANTE
CRÓNICA DE BUENOS AIRES
Es un hombre negro. Sí, sí, soy consciente de que lo políticamente correcto hubiese sido escribir: ‘es un hombre afro descendiente’, o algún otro eufemismo para describir el color de su piel, pero de ese modo no podría dar una idea acabada del tono de la misma. Existe una amplia gama de tonalidades oscuras de piel, que varían según el origen o cruzas interraciales (recuerdo las palabras de un cronista estadounidense en una columna sobre la elección de Obama como presidente: “Los americanos gustan de las personas de piel oscura como del café: con crema”). Y el hombre al que me refiero tiene la piel oscura, intensamente oscura. Tiene una edad incierta; es delgado, alto, muy alto, más que las personas altas que solemos ver en las calles, con largas extremidades (brazos y piernas), grandes manos y contextura vigorosa.
Apareció en el parque, donde realizo mi
caminata diaria, hace ya largos años. Depositaba algunos bultos, sin duda
conteniendo sus pertenencias, sobre un
banco lindero a un cantero, en cuyo interior caminaba sin cesar. Vestía siempre
las mismas prendas oscuras, durante el invierno y el verano, que sigue luciendo
en la actualidad. Un día desapareció, él y sus bultos, y no volví a verlo
durante un tiempo. Supuse que lo echaron los guardaparques o la policía. Días más
tarde, lo encontré a mitad de cuadra, en la calle que desembocaba justo a la
entrada del parque. Estaba sentado en el umbral de una casa baja, aprisionada entre
dos edificios, en la cual nunca vi a nadie entrar o salir, desde que vivo en el
barrio. Frente a él, contra un árbol, había amontonado más bultos que los que
tenía en el parque: un par de grandes valijas de viaje, algún bolso de mano y varias
bolsas negras, de las empleadas para residuos. Allí estuvo durante todo el
invierno, sentado sobre unos cartones que había dispuesto en el escalón para
mitigar el frío del mármol; cubría sus hombros con una tela gruesa que parecía
ser un trozo de alfombra, y sus piernas, con una manta doblada en cuatro.
Permanecía todo el día inmóvil, impertérrito, con la mirada perdida en vaya uno
a saber que remotos pensamientos. Nadie le habla, y el no habla con nadie.
Pasó el invierno. Hacia fines de
septiembre regresaba de mi caminata matutina cuando advertí ante la casa, que
suponía abandonada, a dos mujeres de mediana edad, muy bien vestidas,
introduciendo una llave en la cerradura de la puerta con la clara intención de
abrirla. Él estaba de pie, a un costado. No me detuve a mirar el resultado de
la situación. Pero el caso fue que, al día siguiente, él se mudó a la vereda de
enfrente, ocupando otro umbral, y los bultos contra otro árbol en esa nueva acera.
Sin embargo, después de unos días de haberse afincado en el lugar, desapareció
nuevamente. «Seguro volvieron a correrlo», pensé.
Hace poco más de un mes reapareció a la
vuelta de donde solía parar, aunque ya no sentado en la entrada de una casa o
un edificio. Amontonó sus bultos contra una columna de alumbrado, y él va y
viene desde la esquina hasta mitad de cuadra, erguido, con paso largo, moroso, balanceando
sus brazos acompasadamente. Luce ahora, además de las prendas de siempre, un
casquete de tela, también negro. Lo veo en su incansable peregrinar desde la
mañana hasta caída la noche; cuando salgo, cuando regreso o desde el ventanal
de casa, cuando estoy en el sillón de la sala leyendo o escuchando música. Ya
de noche, al bajar la cortina de madera del ventanal, desconozco cuánto más
prolonga ese constante deambular. Pero estoy convencido de que mañana, cuando
levante el telón, nuevamente veré la escena de una sombra solitaria errando por
la calle sin cesar.
Noviembre, 2024
CRÓNICA DE UN DÍA DESAPACIBLE
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
Era un domingo de julio. El Servicio
Meteorológico informaba: ocho grados de temperatura y noventa por ciento de
humedad.
Sentado en el sillón del living, leyendo
una novela, podía ver como una brisa leve, que adivinaba gélida, mecía las
ramas del árbol plantado en la vereda que invadían mi balcón. Las hojas, al
igual que la calle, empapadas por la pertinaz llovizna que caía desde tempranas
horas de la mañana, despedían un brillo tornasolado. Era una garúa finita,
apenas perceptible, pero que, sin importar las prendas con que uno se cubra, termina
por calar hasta los huesos. En eso, sonó el timbre del portero eléctrico. Atendí.
«¿Tiene ropa para dar?». Era la voz de una mujer. No me sorprendió el pedido
pues, a diario, hombres o mujeres recorren el barrio demandando ropa en desuso,
las cuales lavan y restauran, luego las destinan para sus propios usos y el de
sus familias, o bien las comercializan en las ferias americanas de la capital y
el conurbano. «¿Recorrer las calles en un día tan desapacible?», fue lo primero
que vino a mi mente al escucharla, y lamente no tener nada para entregarle. Volví
al sillón del living dispuesto a retomar la lectura, sin embargo, incitado por
el ánimo de chusmear, salí al balcón y me asomé sobre la baranda. ¡Vaya si
hacía frío! Alcancé a verla: era una mujer retacona, aunque de contextura recia;
la cabellera negra, chorreando agua, caía pesada sobre los hombros y la espalda,
empapando la campera marrón que vestía; con una de sus manos llevaba a la
rastra un ’changuito’, con la otra sujetaba un bolso negro; a su lado le seguía
el paso una pequeña que no tendría más de unos siete años, oculta dentro de una
holgada campera roja con capucha. Las acompañé con la mirada hasta que desaparecieron
bajo la marquesina de un edificio vecino, sin duda, para reiterar su pedido a los
moradores de otros departamentos: «¿Tiene ropa para dar?». Hay quienes les
llaman ‘planeras’.
Norberto
Diskin
CONVICCIONES
APUNTE
Convicción:
“Idea religiosa, ética o política a la que se está fuertemente adherido”.
Somos cuatro vecinos del barrio que
periódicamente, al caer la tarde, nos reunimos en un bar próximo a nuestras
viviendas, para pasar unos momentos de solaz en compañía, mientras disfrutamos
de sendos cafés. Los cuatro jubilados. Son reuniones que resultan entretenidas,
considerando las diversas personalidades de mis compañeros de mesa. Uno de
ellos se autodefine como peronista de Perón, pero nunca pude desentrañar el
significado de dicha definición (peronismo
de Peró)’, tampoco le pregunté, no deseaba entrar en debates enojosos; otro,
radical desde la cuna, como solía afirmar, y ferviente antiperonista, fue
votante de Milei; el tercero, un nihilista que descreía todo y de todos, que sostenía
adherir sólo a sus propios principios, a los cuales tampoco pude acceder.
Por lo general, sin que lo hayamos
acordado, evitábamos hablar de política y religión, para no crear situaciones
irritantes en los encuentros. Así pues, distraíamos el tiempo con debates sobre
fútbol, en los que abundaban las chicanas
entre adherentes de equipos contrarios; comentarios sobre escritores y libros,
que solíamos intercambiar, con la promesa, siempre incumplida, de devolverlos
apenas termináramos de leerlos; la evolución del valor del dólar blue, y superficiales menciones, no
exentas de descontento, sobre el aumento del costo de los servicios, de los
gastos en general, y lo magro de nuestras jubilaciones.
Ocurrió el martes siguiente al acto en Parque Lezama.
Aún cuando los actos de los hombres pueden
estar provocados por diversos motivos: políticos, culturales, comerciales,
religiosos, tradición, costumbres, entre tantos otros, poseen una cualidad
común: su calidad moral[1].
Claro que en estos tiempos posmodernos de un individualismo insensible, se
podría afirmar, sin temor a equivocarnos, que la moral ha pasado de moda.
Sin embargo, asistimos a situaciones
sobre las cuales no cabe otro calificativo que inmorales. Así, es inmoral no
socorrer a los desposeídos y marginados mientras se otorgan prebendas a los
poderosos; es inmoral someter a las fuerzas del mercado el acceso a
medicamentos de quienes padecen enfermedades graves o terminales; es inmoral almacenar
millones de toneladas de alimentos, muchos de ellos próximos a vencer, y no se
los distribuye entre los más necesitados, particularmente niños; es inmoral que
más de un millón de niños se van dormir sin cenar[2], y no
adoptar medidas para paliar esta situación; es inmoral...
Hubo
tiempos en que medidas de tal tenor eran revestidas de una retórica
complaciente, fecunda en excusas, o directamente se las ocultaba; hoy, se las
expone con total desparpajo e impudicia, incluso con orgullo por los
resultados, considerados un mérito de la gestión. Si a ello le sumamos una
sociedad sobreadaptada[3], pues
bien..., bienvenidos a la tierra de los inmorales.
[1] Según la RAE: Perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva. También: Conforme con las normas que una persona tiene del bien y del mal.
[2] Encuesta de UNICEF
[3] Sobreadaptació RAE: Dicho de una persona: Acomodarse, avenirse a diversas circunstancias, condiciones, etc. [aún cuando esas condiciones lo perjudiquen]
¿SENSIBILIDAD O HIPOCRESÍA?
Décadas
atrás, carros tirados por caballos transportando distintos tipos de carga, formaban
parte del escenario cotidiano en la Ciudad de Buenos Aires.
Después de
cuantiosas campañas llevadas a cabo por organizaciones no gubernamentales en
contra del maltrato animal, se prohibió la tracción a sangre en los principales
centros urbanos del país, entre ellos, obviamente, CABA.
Aquel
escenario, intrascendente para los habitantes de la época, hoy generaría el
repudio airado, cuando no reacciones violentas, por parte de la burguesía
citadina.
A primera
vista, esta actitud podría interpretarse como la expresión de una sociedad
sensible, cuyos valores humanitarios han prevalecido sobre una práctica, otrora
considerada natural, en la que el ser humano se erige como la especie dominante
por sobre todas las demás que habitan el planeta. Una sociedad que, ahora, podría
proclamar con orgullo: «¡hemos evolucionado para
mejor!».
Pero... ¿es realmente así? Permítanme no suscribir tan a la ligera esta afirmación. Se dice que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Y es que, ¿realmente somos mejores? ¿Mejores que quién? ¿Mejores que nuestros antecesores, porque ellos, seres desalmados, se valían del caballo para impulsar sus carros, aún cuando los vehículos motorizados ya colmaban nuestras calles? ¿Eran, por ello, peores personas que las que las del presente?
TUTORIAL PARA GUSTAR DE UN HELADO
«Vaya estupidez —pensarán muchos con solo
leer el título—. Desde que tengo uso de la razón como helados, y este tipo
pretende instruirme cómo hacerlo. Uno más que quiere hacerse famoso escribiendo
en la Web».
Entiendo y acepto la crítica, yo tampoco
me detendría a leer consejos sobre cómo comer una porción de pizza o una
milanesa, así pues, siéntase libres de abandonar la lectura en este punto.
Pero antes de que tomen una decisión
apresurada, me permito sugerirles que consideren la alternativa de distraer solo
unos pocos minutos para incursionar en el tortuoso terreno al que ingresamos desde
el mismo instante en que nos decidimos a comprar un helado. Y no exagero, ese
simple acto nos somete a un cúmulo de conflictos físicos y emocionales, sobre
los cuales no tomamos consciencia porque, siéndonos tan familiares, los
abordamos de un modo irreflexivo, como veremos a lo largo de estas líneas.
Una consideración previa. El presente tutorial
está destinado exclusivamente a quienes consuman helados servidos en cucurucho.
Los fieles a los recipientes de telgopor, las tulipas de barquillo ondulado o
los vasos en general, no encontrarán nada útil en el texto.
Vayamos entonces a lo nuestro.
ÉRASE UNA VEZ EL BAJO
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
Es esta la historia de un acontecimiento en una ciudad que ya no existe.
El Bajo era el apodo que los habitantes
de Buenos Aires adjudicaban a la extensa franja paralela a las aguas del Río de
la Plata, que se extiende desde Retiro hasta La Boca, de tan solo dos cuadros
de ancho donde las calles describen una pronunciada pendiente hasta desembocar
en el puerto de la Ciudad.
En la actualidad, el tramo norte de dicha
franja ostenta el nombre de Catalinas Norte, denominación que le otorga un
atributo de respetabilidad mucho más apropiado con las actividades que allí se
realizan.
En efecto, debido a su cercanía con la
City porteña, hacia fines de los 60’s, del siglo pasado —maravilloso, la idea
de siglo pasado remite a épocas remotas, y, sin embargo, podemos hablar de
experiencias vividas a mediados de dicho periodo—, se inició un proceso de urbanización
con la construcción de edificios de oficinas, tendencia que cobró vigor
particularmente durante los años 90. Hoy dominan allí edificios y torres de fachadas
vidriadas en los cuales sentaron sus reales las casas matrices de muchas de las
principales compañías del país. Pueblan sus calles autos de lujosas marcas, junto
a hombres y mujeres luciendo atuendos propios del mundillo corporativo.
Pero no siempre fue así.
EL MURO DE
SILENCIO
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
Sucedió en un bar del barrio de Palermo entre las once y once y treinta de la mañana. Una pareja joven, de unos treinta años, tal vez menos, ingresa al local y ocupa una mesa junto al ventanal que da a la calle. Esperan en silencio que los atiendan. Al cabo de varios minutos, durante los cuales no intercambian palabra alguna, se les acerca una moza y les entrega sendos menús. Realizan sus respectivos pedidos. Tampoco hablan entre sí mientras esperan el servicio.
Este texto corresponde a un tramo del cuento Un Corresponsal, de Antón
Chejov, publicado en la Revista rusa The Alarm clock, bajo el seudónimo de
Antocha Tchekhonte, en Mayo de 1892. ¡¿Qué hubiese escrito en nuestros días?!
Dice un periodista, el protagonista del cuento,
durante una charla en una reunión social:
“¡Hubo otros tiempos, señores! Ahora tampoco son malos, pero los de entonces eran mejores para nosotros, los periodistas, por la sencilla razón de que los hombres poseían más fuego y más verdad... ¿Dónde estáis vosotros, los literatos genuinos, los publicistas y otros combatientes y trabajadores de la... —ej..., ejem...—, de la divulgación... Aquellos que tienen el alma más sucia y más negra que mis botas, aquellos cuyo corazón no se creó en las entrañas de su madre, sino en una fragua, aquellos que tienen tanta verdad como yo casas, se atreven a penetrar en el camino de los elegidos, en la senda exclusiva de los profetas, de los que aman la verdad y de los que odian el dinero... Antes se luchaba por la verdad, hoy no s busca sino la grandilocuencia y el kopek, que Dios confunda... Antes no era así. Si soltábamos una mentira, lo hacíamos por simpleza o estupidez; pero no esgrimíamos la falsedad como arma porque considerábamos nuestra profesión un sacerdocio y la venerábamos como una reliquia”.
NADA NUEVO BAJO EL SOL
Recopilando material para un nuevo apunte: La 2º Inquisición, me topé con el siguiente texto publicado en 1930, que refleja como una mente privilegiada puede anticipar el futuro.
EL PRECIO DEL AMOR
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
En principio quisiera despejar falsas expectativas; el apunte no trata sobre el costo que demanda recurrir a una prostituta, sino a uno de los tantos gastos que debe afrontar un varón para mantener relaciones sexuales o hacer el amor (eufemismos[1] que se suelen emplear para referirse a coger, fifar, follar, echarse un polvo, etcétera) con su pareja: novia/novio, esposa/esposo, amiga/amigo con derechos o una simpatía circunstancial. Como sea, llámenlo como quieran. ¿Por qué será que todo lo referido al sexo se reviste con términos ‘supuestamente correctos’?
¡CUIDADO CON EL CENSO!
CRÓNICAS DE BUENOS AIRES
El censo pasó y cayó en el olvido, soy
consciente de ello, pero este apunte no trata sobre el censo en sí, sino sobre
un acontecimiento que tuve la oportunidad de presenciar a raíz de dicho
trámite.
El censista se presentó pasado el
NADA NUEVO BAJO EL SOL
Texto extraído de Babbitt, novela (1922)
de Sinclai Lewis (primer Premio Nobel de Literatura americano – 1930) en la que
narra las desventuras de un personaje de la típic clase media americana, de
nombre que da título a la obra, (Según los críticos: “... Es ya obra clásica en
todas las literaturas y de las más amenas que se hayan escrito en lo que va de
este siglo”.)
“La A.B.C. [Asociación de Buenos
Ciudadanos,una asociación ficticia] sostuvo una larga lucha en pro de la
Libertad de Trabajo, que en secreto era una lucha contra las uniones de
trabajadores”
¿QUÉ FUE DE LA PARÍS ARGENTINA?
En las mañanas, durante el desayuno,
suelo hacer zapping entre distintos programas
radiales de noticias. Son diversas las razones que me impulsana ello: a) no quiero
quedarme con una sola versión de los hechos; b) no soporto a los periodistas
que más que comunicar y, si se quiere, comentar la noticia, se comportan como portavoces,
ya no de una línea de pensamiento político o económico, sino de un sello
partidario particular, e incluso de algún potencial candidato que disputa una
interna en ese mismo espacio político. No necesito que me adoctrinen, bien o
mal puedo arribar a mis propias conclusiones sobre un suceso; y c) me aburren
las tandas publicitarias. Pero, por lo general, debido a distintas razones que
no vienen al caso, son éstas las que aprovecho para cambiar de sintonía.
Claro que hay mejores formas de comenzar el día, pero tampoco es cuestión de pretender ganar el paraíso sin sacrificio alguno.