APOLOGÍA DEL
MENTIROSO
DECONSTRUCCIÓN FENOMENOLÓGICA
DE UN TALENTO RELEGADO... O ALGO ASÍ
El presente texto es una trascripción
literal del ensayo escrito por el Dr. Bartolomeus Schmitt y García[1]
(al menos, así dice llamarse..., si no miente). Por lo tanto, deslindamos toda
responsabilidad sobre las molestias, enfados o inclinaciones belicosas, que
pudiesen despertar los conceptos aquí vertidos.
“Ningún organismo vivo puede mantenerse
cuerdo durante mucho tiempo en unas
condiciones de realidad absoluta...”
La maldición de Hill House
Shirley Jackson
“Sólo dicen la verdad los que carecen de ingenio”
El Idiota
Fedor Dostoievsky
ACLARACIÓN
PRELINMINAR: A lo largo del texto empleo el término
mentiroso, y al respecto deseo puntualizar que me refiero tanto al mentiroso
(masculino), a la mentirosa (femenina) así como a cualquier otro género
percibido o próximo a percibirse, puesto que, si bien me niego a emplear la voz
‘mentiroses, no deseo incurrir en discriminación alguna.
Desde los albores de la historia, la mentira atrajo la atención de los más destacados pensadores en el campo del comportamiento humano. Platón[2], San Agustín[3], Schopenauer[4], Nietzsche[5], Arend[6], Derrida[7], Koyré[8], Ekman[9], por solo mencionar unos pocos, han tratado a esta tan difundida (y diría, injustamente desdeñada) manifestación de la conducta humana. Y no es de extrañar, pues la mentira y sus numerosas máscaras: la invención, la exageración, la manipulación, la impostura, el engaño, el ocultamiento, el subterfugio, el ardid, la argucia, entre otras estrategias con las cuales se la disimula, es el ingrediente insoslayable en las relaciones humanas. Esto podrá sonar insultante a los oídos sensibles, pero, apreciados lectores, respondan con toda honestidad, sin alharacas discursivas sobre la integridad del ser humano, ¿Qué hubiese sido de la humanidad sin la mentira? ¿Cómo serían las relaciones entre los hombres si liberásemos nuestros impulsos más primitivos, que guardamos celosamente bajo las consabidas siete llaves? ¿Qué horrorosos y perversos secretos saldrían a la luz? ¿Existirían las familias o las comunidades de personas unidas para un fin común, si no tolerásemos con buena cara, por conveniencia, piedad, vergüenza, timidez, o simplemente porque la educación que recibimos desde nuestra más tierna infancia fue efectiva en el proceso de socialización? ¿Existirían las naciones o serían un amasijo balcanizado de tribus sumidas en constantes conflagraciones estimuladas por odios ancestrales? ¿Soportaríamos un mundo sin apariencias? Vale aclarar que, aún hoy, con la mentira señoreando en todos los órdenes de la vida, no podemos sentirnos orgullosos de los resultados logrados, pero, aceptémoslo, podría ser peor... Siempre puede ser peor.
Desde nuestra más tierna infancia hemos
convivido con la mentira. Alentada por nuestros padres, ha nutrido nuestras
fantasías y nuestros sueños: una cartita a los Reyes Magos; el pastito y el agua
para los camellos; la cigüeña; la semillita que papá puso en mamá...; y otras
más tétricas, cuyo sentido era encaminarnos por la senda del bien: el hombre de
la bolsa, el fuego del infierno, y tantas otras imágenes estimulantes. Tiempo
más tarde, cuando fuimos iluminados por un desaprensivo compañero de juegos un
poco mayor, y, habiendo comprobado que continuábamos gozando de la cotidiana
presencia de nuestros padres sin que hayan visitado el averno, ni fueran
secuestrados por el hombre de la bolsa, aceptamos a la mentira como una
circunstancia inseparable de nuestras vidas. Y así crecimos. Nos han mentido y
nos mienten, hemos mentido y mentimos.
La mentira es un acto del habla. Una mentira no expresada es tan inútil como un cacharro olvidado en el fondo de una alacena. La mentira, para que cumpla su función, necesariamente debe divulgarse, debe trascender, y para ello, resulta imprescindible la participación de ese sujeto que le otorga vida, que la hace florecer: el mentiroso.
La humanidad ha sido injusta con estos personajes. La historia universal es pródiga en crónicas y semblanzas sobre guerreros, médicos, filósofos, reyes, conspiradores, revolucionarios, políticos, deportistas y tantos otros dignos de ser destacados; pero el mentiroso ha sido y es ignorado, cuando no vilipendiado, desconociendo tanto su función social como su ingenio y creatividad. La moralina de la civilización los ha confinado al ostracismo.
El mentiroso es un “hombre de acción“, afirma Hanna Arendt[10]. En efecto, convierte verdades objetivas en opiniones (subjetivas, por cierto), cambia la realidad creando otras nuevas.
El
universo de los mentirosos es diverso, no obstante, podemos reconocer tres
categorías no cerradas: a) aquellos cuyas mentiras no trascienden el ámbito de
sus relaciones personales, que he denominado como mentirosos aficionados,
amateurs o de ocasión; b) los políticos: mucho se ha dicho y escrito sobre la
mentira en la política, a la cual recurren reiteradamente para atraer
voluntades, así que huelga decir nada nuevo; c) los ‘mentirosos profesionales’:
la elite de los embusteros. la mano de obra imprescindible para llevar a cabo
la mentira organizada; son asalariados, y su propósito no es otro (más allá de
algunas convicciones particulares) que el de divulgar noticias, sentencias,
rumores, cuyo objetivo es el instalar nuevas verdades. Fieles discípulos de Apate[11], son
el último eslabón de una cadena cuyas ramificaciones tal vez nunca conozcamos,
pero no por ello, menos importantes, pues tienen la capacidad de trascender a
toda la sociedad, y erigirse en los relatores de la verdad. Son la cara visible
de la mentira organizada.
Sobre estos últimos que he centrado mi
estudio, puesto que en ellos se evidencian con mayor claridad las cualidades
que acreditan su genio.
Las conclusiones expuestas en el presente ensayo resultan de un pormenorizado análisis del comportamiento de estos sujetos. A tal fin, seleccioné una noticia ampliamente difundida por los personajes en cuestión que suscitaron numerosos comentarios y editoriales. Pero que, al cabo de semanas de ocupar los principales titulares en diversos medios orales y escritos, se demostró su falsedad sin que ninguno de los medios involucrados en la campaña, ni sus divulgadores, se hayan retractado. Fueron cientos de horas de escuchas y lecturas destinadas al seguimiento de dicha noticia; y, a fuerza de ser sincero, debo mencionar que existieron tramos en que, atacado por un feroz aburrimiento, me vi obligado a ingerir cuantiosas tazas de café, antiácidos y protectores estomacales, gracias a los cuales pude concentrarme en la retórica empleada y en el lenguaje corporal (no verbal) de cada uno de los profesionales de la información.
Sin más, veamos esas cualidades que son una fiel exhibición de su genio
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Perseverantes
Se suele afirmar que la perseverancia es una de las llaves del éxito; pues bien, si en algo se destaca esta comunidad de comunicadores es por su tozudez. Haciendo caso omiso a documentos, testimonios irrebatibles e incluso dictámenes de la justicia que demuestran la falsedad de la información que divulgaron o están divulgando, ellos no cejan en su empeño, y continúan sosteniendo con firmeza sus aserciones originales.
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Ingeniosos.
Instalar una mentira, embuste, calumnia o como quiera llamársela en la opinión pública, requiere un ejército de comunicadores que reproduzcan la falsedad diario, en toda la programación, durante largos periodos de tiempo, liderados por un equipo de cronistas bien pagos, con amplia repercusión en la audiencia, además, por supuesto, de una red comunicacional con amplia cobertura. En este contexto, los profesionales de la información, que suelen tener un ego ampliamente desarrollado, se valen de su ingenio para aderezar esa información con su propia impronta: adjetivaciones, ironías, sarcasmos o escarnios, crean un sinnúmero de variaciones sobre el mismo tema; algo así como las 32 variaciones sobre un tema original de Beethoven.
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Elocuentes
Es ésta una cualidad que guarda una
estrecha relación con la precedente. En efecto, si en algo se destacan estos propaladores
de la mentira es en su elocuencia[12].
No argumentan, no invocan casos fehacientemente probados, tampoco recurren a información de fuentes confiables, no lo consideran necesario; el objetivo es sensibilizar las emociones de la audiencia. Y para ello, cual destacados alumnos de la escuela de Stanislavski, despliegan la mentira con un histrionismo singular: solemnes, dramáticos, indignados, acongojados, incluso hasta con el condimento (lo he visto) de una “furtiva lágrima”
> Creativos
La creatividad está estrechamente relacionada con la imaginación, y en esto, al mentiroso no hay quien le gane. Hemos dicho que el embustero es una persona de acción: un creador de nuevas realidades, un falsificador de las verdades de hecho, y en este sentido, en un alarde de creatividad, crea escenarios o situaciones que sirven como sustento de sus objetivos. Solo un ejemplo: denuncian un encuentro entre dos personas llevado a cabo en la mayor intimidad entre cuatro paredes de algún lugar desconocido, reproduciendo con puntos y comas el diálogo que mantuvieron. El caso es que esa reunión nunca se produjo pues una de las personas se hallaba en el exterior en la fecha denunciada. Pero eso carece de importancia. El objetivo estaba cumplido: “Miente, miente que algo quedará”.
Así pues, diga usted distinguido lector, con
honestidad, sin remilgos sectarios, ni odios acumulados, ni apelaciones a la
moral (concepto éste en desuso), si con estas cualidades, estos seres no
merecen nuestro más caluroso reconocimiento.
FIN
Norberto Diskin
Marzo, 2025
[1] Nota del compilador: Cumplo en informar que se trata de una sola persona, y que, según lo ha hecho saber su entorno más íntimo, detesta las ‘bufonadas’ (sic) como la tan difundida sobre Ortega y Gasset.
[2] República II, III y V.
[3] De mendacio y Contra mendacium.
[4] Dialéctica erística o el arte de tener razón en 38 estratagemas.
[5] Sobre la verdad y mentira en sentido extramoral.
[6] Verdad y política
[7] Historia de la mentira
[8] La función política de la mentira moderna
[9] Como detectar mentiras
[10] Ibid, p 2
[11] Divinidad de la mitología griega que personificaba el engaño, el fraude y la simulación.
[12] La RAE define la elocuencia como: “Eficacia para persuadir o conmover que tienen las palabras, los gestos o ademanes y cualquier otra acción capaza de dar a entender algo con viveza”.
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